Fernanda Abeal especial para El Faro Online

Es uno de los edificios más atractivos de la Ciudad de Buenos Aires. Por fuera, una envolvente terracota del S. XIX. Por dentro, una impresionante estructura de hierro belga. El Palacio de las Aguas Corrientes inaugurado en 1894, está revestido con 300 mil mayólicas inglesas y el arquitecto noruego encargado de construir este Monumento Histórico Nacional fue Olaf Boye.

A mediados del año 1800, varias epidemias comenzaron a abundar en Argentina, entre ellas el cólera, la fiebre amarilla y la tifoidea, que se llevaron la vida de miles de personas en Buenos Aires. Ante la alarmante precariedad del sistema de agua potable, se decidió desarrollar una red de agua corriente que abasteciera a la capital y para ello, la construcción de un fastuoso edificio.

Pero el ambicioso proyecto no obtuvo los resultados esperados. Esta obra única en su tipo presenta tres pisos soportados por 180 columnas de fundición, doce tanques de hierro que sumaban 72 millones de litros y que hoy este palacete, sólo se utiliza como oficinas administrativas, museo y lugar para guardado de planos de agua de la Ciudad.

Digno de un gran rompecabezas, esta mole fue concebida como modelo para armar. Cada pieza tiene su número y letra que se corresponde con la que figura en los planos y que en su momento, servía para saber dónde encastrar cada una.

Ëpoca aquella de esplendor en el país, de prosperidad y abundancia, donde una sucesión de enfermedades arrasó con la vida de muchos ciudadanos. Gobiernos que no pusieron el foco en la salud de su población y demasiado tarde, comenzaron con preparativos costosos que no cumplieron su finalidad.

El Museo del Agua y de la Historia Sanitaria ubicado en Riobamba 750, es una sinfonía de estilo arquitectónico impresionante para recorrer, que encierra además, leyendas trágicas urbanas de una misteriosa Buenos Aires. 

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